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martes, 6 de marzo de 2018

REFULGENTE BROTAR

Nestor pasaba frío en las entrañas de la tierra sagrada, Nestor pasaba por el mal tiempo y el mal tiempo pasaba por él, no era de otra manera sino de esa manera precisa en la que pasan las cosas y su amiga que quería quedar con él justo en la calle donde sabía que había un lupanar y no era casual y no era casualidad. Entonces el viejo compañero de bachillerato nocturno había puesto un bar y había acabado alcohólico, pero tenía un buen aspecto, un aspecto muy mejorado. Sin duda era así, entonces bebía ron, bebía ron en el bar mientras atendía a los clientes y no se acordaba de él, no se acordaba de Nestor. Habían pasado treinta años, quizás más, quizás menos. Entonces encontró Nestor la cerveza Barbar de hidromiel, en aquel bar con ínfulas cubanas. Entonces encontró la cerveza Barbar después de haberla buscado tantos años sin encontrarla, ahora tenía suerte, ahora la cerveza llegaba a él justo refugiado en aquel bar de aquel compañero de instituto en la calle de las putas porque su amiga le había dado plantón y había preferido reunirse con una colombiana, las cartas del Tarot dormitando en su fiambrera no ni en su tartalera, dormitando en la cocina tampoco. Ni en su zamarra, ni en su gabán. Las cartas del Tarot dormitando en la ducha tampoco. Las cartas del Tarot guardadas en alguna parte y silentes. Entonces decidió beber ron también para acompañar a su amigo y después de la cerveza Barbar se tomó una copa de Ron-Cola, después visitaría a su amiga, la camarera de otro lugar más difuso y antes haría una parada en los bares donde servían cacao caliente y también aquella cerveza negra y espesa que no sabía cómo se llamaba pero que no podía llevar su nombre, tampoco él era así ni era de otra manera. Tampoco él era así. Entonces no podía recordar el nombre de la cerveza que tomaba en los bares del cacao caliente, entonces no podía recordarla y olvidaba los sueños que había tenido, los sueños por los que había pasado y ¡Jolín! daba igual, todo daba igual y una copa de ron en el frío y la niebla y fumar un par de cigarrillos por la calle antes de coger el autobús y de empezar a trabajar en su turno de Amazón almacenando y llevando y trayendo paquetes de aquí y de allá, paquetes para desconocidos enviados por desconocidos y una botella de agua para el cansancio, helados que eran regalados por la empresa, la empresa regalaba helados a sus clientes y trabajadores y les daba café y después del turno de trabajo en Amazón Nestor salía del garaje, de aquella especie de garaje, y comenzaba a trabajar en otra cosa, pero a trabajar con la mente y así estaba ensimismado mientras sus pasos se dirigían hacia el ranchón cubano donde dar buena cuenta de un filete con patatas y luego todo daba igual, el sol salía por Antequera.
A la mañana siguiente Nestor se dio cuenta de que su ciudad era la ciudad perfecta para vivir y que su momento era ahora. Realmente no había por qué estar siempre saboteándose la propia vida con manos vidriosas, sin duda a pesar de sus conocimientos de música y de literatura y de no ser del todo un hombre apasionado, Nestor sabía pensar a menudo con mucha calma, a su derecha una voz que le tentaba sobre todo cuando estaba bebido, pero sabía actuar siempre con cierto orden y sobre todo iniciativa.

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